Funny Games: El secuestro del espectador.

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“Nos acostumbramos a la violencia, y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa”

―Isaac Asimov

La violencia es algo que no nos cansamos de decir una y otra vez que aborrecemos y sin embargo nos genera una intensa y hasta cierto punto macabra atracción. ¿Hasta qué punto somos contrarios a la violencia?

No hay más que hacer una breve búsqueda entre los éxitos de cine actuales para darse cuenta de que la violencia atrae, y mucho. Desde una cómoda butaca y bien surtidos de un bol de palomitas el visionado de escenas a cada cual más violenta nos sirve para descargar nuestras propias tensiones diarias y vitales llegando al extremo de disfrutar con la muerte de personas ajenas, al fin y al cabo todo pasa tras la pantalla, todo es ficción, ¿Pero qué pasa cuando esto no es así? Si ponemos cualquier telediario podremos ver una sucesión de escenas o hechos violentos a diario que sí son reales, que le pasa a gente real como nosotros, y sin embargo seguimos hundiendo la cuchara en el plato, degustando la comida que tenemos ante nosotros como si se tratara de una película más.

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¿Significa esto que nos hemos insensibilizado ante la violencia? La exposición continua a la violencia en la televisión, el cine o los videojuegos hace pensar que sí, que somos mucho más insensibles ante los hechos violentos y que, además, inducen a cometer actos delictivos. Sin embargo, un reciente estudio llevado a cabo por C.J. Ferguson hacía una revelación sorprendente: en la medida en la que ha ido creciendo el número de videojuegos de carácter violento, han ido decreciendo los crímenes cometidos por adolescentes.

Por tanto esta espectacularización de la violencia no solo no estaría afectando a la sociedad actual a este nivel, sino que tal y como defiende el psicólogo Steven Pinker estamos viviendo los momentos menos violentos de nuestra historia al ir disminuyendo el número de homicidios, así como el conjunto de eventos de entretenimiento con este contenido.

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Entonces, ¿Por qué disfrutamos tanto exponiéndonos a la violencia? Algunos estudios proponen que el hecho de exponernos a la violencia cumple una mera función adaptativa con la que pretenderíamos ampliar nuestros conocimientos sobre el ser humano, sobre su condición y forma de proceder. Así, siguiendo esta línea, visionaríamos aquella violencia que nos  resultara útil en esta búsqueda del saber y rechazaríamos otra, no por inhibición, sino por desinterés. Otros estudios sugieren que la violencia en la televisión es una fuente de aprendizaje social, no tanto de agresión concreta, sino sobre los escenarios y situaciones donde sería legítima la agresión.

Ya sea por esa búsqueda de conocimiento o porque realmente estemos sufriendo un proceso de desensibilización ante la violencia, la sociedad ha adoptado una forma de enfrentarse a la misma que es cuanto menos preocupante, el conocido como efecto espectador. Este fenómeno viene a demostrar que la ayuda que se presta a víctimas de algún tipo de violencia es menor cuanto mayor sea el número de personas que estén alrededor o tengan conocimiento de esta situación, ya que según numerosos estudios esto difumina la responsabilidad entre ellas.

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Un claro ejemplo de este hecho inquietante es el caso de Kitty Genovese: el 13 de marzo de 1964, en Nueva York esta mujer, es asaltada por un atracador armado con un cuchillo cuando regresaba de madrugada a su domicilio. Sus gritos pidiendo auxilio tras ser apuñalada, despertaron a 38 vecinos que permanecieron impasibles mientras el atracador huía y regresaba para finalizar aquello que había empezado minutos antes. Fue cuando él se marchó cuando se alertó a la policía.

Este asombroso caso trae a colación una pregunta que se tercia relevante: ¿los 38 vecinos que asistieron impasibles, como espectadores, a dicho asesinato, no tendrían acaso algún tipo de responsabilidad moral? Todo parece indicar que nos sentimos más cómodos cuando somos agentes pasivos de una acción que cuando lo somos de forma activa, pues la responsabilidad moral no parece ser la misma. Pongamos otro ejemplo: ¿es lo mismo empujar a una persona que no sabe nadar a un lago que ver como esa misma se ahoga y no hacer nada para evitarlo?

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Estas cuestiones son las que, en cierta manera, podemos encontrar en Funny Games, pues el hecho de sentirnos asqueados al terminar la película refleja un punto decisivo: el espectador termina siendo cómplice (o agente activo) de los juegos macabros de dos educados jóvenes. En esta línea podríamos preguntarnos por qué estando tan acostumbrados a ver violencia explícita en películas y medios de comunicación, no nos sentimos de la misma manera que cuando termina esta película. Esto es especialmente curioso ya que en el film no encontramos violencia explícita, todo queda para la imaginación del espectador.

Pues bien, la respuesta es clara, nos sentimos asqueados en la medida en que, al no vivir la película de manera pasiva como, por cierto, si hacemos con las noticias o películas de violencia explícita, no podemos deslizar la responsabilidad moral, es decir, el espectador se convierte en el tercer asesino de la trama.

A raíz de lo dicho, podríamos preguntar a nuestros lectores ¿Es lo mismo matar que dejar morir? ¿Está justificada la difusión de la responsabilidad moral por el hecho de ser simples espectadores? Este es uno de los jardines laberínticos en el que, durante dos horas, Funny Games hace que nos perdamos.

Coged vuestra silla, sentaos a la mesa y sed bienvenidos.

 

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