Una isla sueca en el Caribe

Por Diego Alonso.

Si alguien nos habla de colonialismo o de imperialismo, rápidamente tendemos a pensar en naciones como Inglaterra, Francia, España, Portugal o Bélgica, pero, ¿Y si os digo que Suecia también contó con posesiones coloniales? Pues así es señores, éste país, que hoy en día es el ejemplo a seguir de gran parte del mundo contó también con posesiones en América, y no me refiero a incursiones y puestos vikingos sino a que durante los siglos XVIII y XIX, el país nórdico fue poseedor de una isla en pleno Caribe.

La diminuta isla de San Bartolomé, cerca de Guadalupe, en las Indias Occidentales francesas llegó a manos suecas en 1784, cuando el rey sueco Gustavo III durante una estancia en París, firmó un tratado por el cual Francia le entregaba la isla deshabitada a cambio de privilegios comerciales en Gotemburgo.

isla san bartolomé

Al año siguiente, un solo buque de guerra sueco llegó a la pequeña isla, cuyo único atractivo era su puerto natural. Durante su estancia, que duró varios meses, la tripulación construyó las primeras casas de lo que más tarde se convertiría en una concurrida ciudad portuaria, bautizada con el nombre de Gustavia, en honor al rey sueco.

En los años siguientes la colonia creció de forma constante y acabó convirtiéndose en una ciudad comercial importante. Llegó a su máximo apogeo durante las guerras revolucionarias y napoleónicas, cuando sirvió como puerto libre neutral para las partes implicadas en ellas y, durante un corto período de tiempo, fue incluso una de las mayores ciudades de Suecia.

San Bartolomé cartel

No obstante, la época de grandeza de San Bartolomé finalizó de forma abrupta cuando terminaron las guerras napoleónicas. El golpe mortal llegó en 1831, cuando Gran Bretaña reabrió sus puertos en el Caribe a los barcos americanos. Este paso hizo innecesario el puerto sueco y acabó con su papel fundamental como puerto de tránsito.

Así la isla pasó de haber sido muy valiosa para Suecia durante varias décadas doradas a principios del siglo XIX, a ser un lastre, y para empeorar las cosas sufrió una serie de huracanes que erradicaron los últimos restos de su infraestructura comercial.

Tras calcular la envergadura de los daños tras esos tristes hechos, el gobierno sueco decidió, en 1878, devolver la isla a su dueño original, Francia. Para Suecia, la época de su empresa de ultramar había concluido de forma definitiva.

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