La lucha por el reconocimiento

Por Román Trenado.

Sin lugar a dudas, una de las incógnitas que ha derramado más tinta a lo largo de la historia de la Humanidad versa sobre la dilucidación de la propia conducta humana en un campo muy específico: ¿Es realmente el hombre un animal político cómo sostuvo Aristóteles? Es decir: ¿Somos animales sociales? Quizá por contra seamos unos osos solitarios, más bien egoístas que convenimos vivir en sociedad con el fin de aumentar nuestra probabilidad de supervivencia. Posiblemente sea fácil pensar de este modo si en la reunión familiar de todos los años tu tía siempre termina acaparando el pastel y los dulces. Sea como fuere, despejar la incógnita pudiera parecer una ardua tarea propia de filósofos, psicólogos o neurocientíficos. Veámoslo.

Una de las corrientes tradicionales que, de cierta manera, ha dominado durante un largo período sería la de la psicología individualista que entendía que el hombre tenía dos dimensiones, a saber, de un lado el “yo” y del otro la concepción del resto “los otros”.  En este sentido, filósofos como Montaigne, Pascal o Bruyère dirían que la individualidad es el estado ideal del hombre, y que “los otros” no serían más que una suerte de suplemento, como cuando compramos el periódico y, por suerte o desgracia, viene incluida aquella revista de moda, tendencia y belleza que nos ofrece sabios consejos para mantener un buen cutis. Un poco más tarde, pensadores como Machiavelli avanzarían  sumando que, si bien nuestra naturaleza es la soledad, el encerrarse sobre sí mismo, debemos aprender a ser sociables. Por otros rincones, el propio Nietzsche o Diderot se mostraban atraídos por la idea de que el hombre es un ser tremendamente egoísta que se sirve de la sociedad. Probablemente estos últimos padecieran una tía que le gustase en exceso los pasteles.

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Sin embargo, no todos sufren de esta visión apagada o taciturna. Si nos remontásemos a la antigua Grecia, el propio Platón o Aristóteles argüían la necesidad de “los otros”, hablaban de una (mala)suerte de “incompletitud” como término clave para entender la vida humana. No obstante, no fue sino el bueno de J. J. Rousseau, quizá no tanto, pues odiaba a las mujeres, quien habló más abiertamente de la necesidad de “los otros” en nuestra vida. Decía que en la medida en que  buscamos compararnos con el resto constantemente, aún siendo una conducta negativa, refleja la necesidad de los demás, de “los otros”. Es más, a esta conducta la llamaba “amor propio”. Es como lo que empezamos a hacer en la adolescencia y nos persigue hasta el final de nuestros días: “qué suéter más estiloso lleva Pedro, dónde lo habrá comprado. Debe ser caro; cómo se nota que tiene dinero… Claro que si yo hubiera heredado la empresa de calzados de mi padre…”

Otro paso más en la línea de la sociabilidad del hombre, fue el que dio Hegel en La fenomenología del Espíritu. Este filósofo desarrolló el concepto de “reconocimiento” en el sentido de que el hombre, para completarse como ser, necesitaba del reconocimiento de “los otros”. Hablaba de la “lucha a muerte” por el reconocimiento del otro, esto es, que el reconocimiento de uno mismo pasaba por someter al otro en lo que acuñó como la dialéctica de “el amo y el esclavo”. Desde esta perspectiva se hace sencillo entender (que no justificar) todos los problemas de bullying, acoso y violencia que parece llevar el hombre en su ADN. En cualquier caso, a partir de este momento, se concibe al hombre como un ser social en tanto en cuanto requiere del reconocimiento de los demás para reivindicar su propia existencia; toda nuestra vida gira en torno al reconocimiento, cuando nos falta lo seguimos buscando incesantemente, buscamos satisfacer a los demás con actitudes que han de ir reinventándose para satisfacernos a nosotros mismos mediante dicho reconocimiento.

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Dando un salto en el tiempo, llegamos a la actualidad, donde ya parece un hecho que seamos seres sociales, ya sea desde esta perspectiva del reconocimiento que recogen antropólogos como Todorov, quien suma alegando dos tipos de pulsiones que tienen que ver con este concepto, a saber, “la pulsión  de satisfacción” que implica la vida en sociedad como vía para alcanzar el reconocimiento y “las pulsiones sociales” que tienen que ver con la propia relación entre humanos, o desde la propia neurociencia, donde de hecho se sabe que los engranajes cerebrales que dictan nuestra conducta nos guían necesariamente a vivir en comunidad como mecanismo de adaptación al medio y supervivencia.

Lo que está claro, hemos despejado la incógnita, es que el hombre no es un lobo solitario sino más bien lo contrario. Somos, decía Aristóteles, animales sociales (“zoon politikon”), necesitamos a los demás ante nuestra propia incompletitud. Al fin y al cabo, de una manera u otra, para existir (sobrevivir) necesitamos de la mirada ajena del otro.

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2 comentarios en “La lucha por el reconocimiento

  1. Muy buen artículo. Por aportar algo desde el campo de la etología: si examinamos el comportamiento humano a la luz de la teoría de la evolución queda bastante claro que somos una especie excepcionalmente social. De hecho, incluso las conductas más individualistas en el ser humano se dan en un contexto eminentemente social. Por poner un ejemplo, para una especie solitaria no tendría ningún valor adaptativo el desarrollo de un sistema de comunicación simbólico tan complejo como nuestro lenguaje. En el fondo de la cuestión está la selección evolutiva de formas complejas de cooperación. Para que nos hagamos una idea, la mayoría de animales en los que la cooperación se ha seleccionado de una forma tan fuerte son insectos: abejas, hormigas, etc.

    En definitiva, como concluis en vuestro artículo, el ser humano necesita a otros para sobrevivir. Esta frase no debe ser tomada a la ligera, como diciendo: “qué mal lo pasarías si no tuvieras a nadie cerca”, sino de una forma tajantemente literal. La única forma para un espécimen humano de sobrevivir y transmitir su material genético es la vida en grupo. Creo que ninguna disciplina, especialmente la psicología, puede permitirse obviar la necesidad del ser humano de vivir y crear un ambiente social.

    Un saludo.

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    1. Totalmente de acuerdo con tu comentario. El artículo pretendía aportar la visión, en cierta manera histórica, de las perspectivas de la vida en sociedad del hombre a través de las corrientes que, a juicio de Todorov (en su libro “La vida en común”), se han dado. Por ello, el recorrido es desde el punto de vista de la historia de la filosofía, también de la psicología, pero no, o por lo menos no hemos entrado en materia, de la etología, la neurociencia o la psicología evolutiva.

      Desde luego que es una certeza que el hombre sea un animal social. De hecho, si nos acercamos al estudio del cerebro, podemos contemplar que hay módulos morales que tienen que ver con la empatía (sin tener en cuenta el asunto de las neuronas espejo, que supone otra evidencia de la sociabilidad) y con la detección de tramposos en el grupo social, lo cual son rasgos distintivos e innatos de nuestra condición (social). Es decir que, como bien subrayas, hay mecanismos biológicos que apuntan en esta dirección. M. S. Gazzaniga, uno de los neurocientíficos más influyentes, sabe bien de lo que hablamos, pues ha estudiado todos estos entresijos que comentamos en “Qué nos hace humanos”, “El cerebro social” etc. También A. Damasio en “El cerebro creó al hombre” por citar algunos ejemplos.

      En cuanto a la pregunta inicial del artículo, cabe alegar en nuestra defensa que la hemos utilizado de gancho, en la medida en que este (articulo) es un acercamiento a la cuestión, a modo de introducción desde, como decía, otra perspectiva.

      En conclusión, gracias por tu comentario que, sin duda, ha sido una muy buena extensión y profundización del asunto.

      Un saludo!!

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