La lucha por la supervivencia: Darwin vs Kropotkin.

Por Pablo Alonso.

Parece que en los tiempos que corren, una de las pocas palabras que entendemos es la de la competición, la de oponerse al contrario para, en definitiva, destacar, expandirse y sobrevivir. Esta es la retórica que parece que domina las sociedades actuales, cargadas de tintes neoliberales que han hecho suya la teoría de Darwin para justificar un determinado modelo de estructura y organización social que satisfaga una serie de intereses. Este discurso se ha expandido a todos los planos de la vida. Toma su origen en lo que Darwin llamó selección natural, es decir, sólo aquellas especies que se adaptaran mejor al entorno sobrevivirían, puesto que sus genes irían pasando de generación en generación y, con ello,  su estirpe perduraría. Hubo quien no tardó en ver un símil en el plano de lo social, naciendo así el Darwinismo social.

origen de las especies

Herbert Spencer, padre de esta teoría, encontró en los presupuestos de Darwin una buena base para poder acuñar su planteamiento y expandir su ideología. La teoría de la selección natural, interpretada como la supervivencia de los más aptos, proporcionaba un medio para explicar y justificar los procesos sociales del momento. Asumía que todo en la naturaleza, incluyendo la moral, se explicaba según este principio, con lo que habría que conservar a los capaces, lo que supondría la desaparición de los ineptos (inadaptados).  Todo mal provendría de la no adaptación al medio, con lo que los individuos mal adaptados sufrirían las condiciones de su existencia, mientras que los mejor adaptados se beneficiarían de su superioridad. De este modo, el que no fuese lo suficientemente fuerte como para subsistir, debería sucumbir. Resumida su postura, dejemos que el “bueno” de Spencer nos hable directamente:

“Los pobres eran pobres porque eran biológicamente inferiores, los negros esclavos como resultado de la selección natural…los blancos superiores por ser los más aptos”. Con el darwinismo social como marco se legitima la expropiación, la esclavitud y los crímenes, si las cosas se daban así no era por la política imperialista, era simplemente porque las leyes naturales de la evolución también regían en el plano de las sociedades humanas”

Herbert Spencer

Viendo el planteamiento que se desprende de lo expuesto anteriormente, parece que estamos abocados al enfrentamiento continuo inter-personal, con el fin de expandir nuestro material genético. Sin embargo, a miles de kilómetros, y casi en paralelo, un zoólogo ruso, Karl Fiódorovich Kessler, hacía ver que Darwin dejaba a un lado la cooperación, lo cual consideraba que era sumamente importante, puesto que creía que, la evolución orgánica, dependería más de la unión de individuos que de su oposición. Sus teorías tuvieron un gran impacto, pero murió joven. No obstante, otro ruso, unos años más tarde, Piotr Kropotkin, tomaba el relevo y continuó la línea de investigación que Kessler había iniciado.

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Durante su periodo de servicio militar, entre 1862 y 1867, Kropotkin aprovechó para estudiar la vida en Siberia. Le extrañaba que, en aquella  zona septentrional tan extrema, cupiera la posibilidad de que existiera vida, con lo que inició una serie de investigaciones que le permitieran comprender lo que allí estaba sucediendo. Observó que los integrantes de cada especie, lejos de rivalizar entre sí para expandirse y sobrevivir, lo que hacían era llevar a cabo conductas de cooperación para enfrentarse a ambientes hostiles.  Todos sus planteamientos los recogió en una obra que tituló: El apoyo mutuo: un factor de la evolución.

Observando a las tribus indígenas de Siberia se dio cuenta de que no todas las sociedades humanas eran competitivas, con lo que, esas actitudes no provendrían de un determinismo naturalista, de una especie de naturaleza inherente al humano, sino de los mecanismos culturales.

Así que…¿cooperar o competir?

Añadir como curiosidad, para finalizar este artículo, que la palabra “competir” encuentra su origen en el latín tardío, en la palabra “competere”, que significaba “esforzarse conjuntamente” o  “acordar”, aunque hoy en día su significado haya sido deformado.

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