De capricho divino a mono pensante: la gran humillación

Por Román Trenado

El gran compositor de todos los tiempos, altísimo artífice de lo elegante, de lo mundano, había ocupado todo su empeño, esmerado sudor celestial y afán a su Gran Obra. El gran artista había concluido al sexto día aquello de lo que enorgullecerse, aquello digno de alarde, merecedor de aplauso y asentimiento, de una calurosa acogida, requería tal ocasión de un público entregado. Desafortunadamente, el hacedor cayó en la cuenta de que, entre toda aquella belleza descollante y pasmosa creada ex nihilo, no había quien pudiera sobrecogerse, no había quien cayera en el suave deleite de lo armonioso, por lo que, antes de tomar el descanso, tras haber dotado de naturaleza a todo lo habido, arrojó al hombre a la existencia diciéndole que él mismo debía darse su propia naturaleza:

Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que Son divinas. (DELLA MIRANDOLA, P; “Discurso sobre la dignidad del hombre”)

El hombre se había convertido en lo que más anhelaba aquel arquitecto, a saber, su gran auditorio. Dios, ahora sí, se debía a su público; el hombre, pobre infeliz, hecho a su imagen, no era más que la consumación del deseo de vanagloria de su Dios cuya finalidad acaecía en alabar, dar coba al Gran Vanidoso por excelencia. El hombre había nacido de naturaleza indefinida, para entretener, para felicitar, para aprobar la Obra de arte total. Entonces, exhausto, Dios al séptimo día descansó.

Esta era la idea de Pico della Mirandola sobre Dios y el hombre. Huelga decir que lo realmente decisivo de este cieno, de este proceso fatuo y arrogante, no es otra cosa que la misma naturaleza del hombre, cuya cualidad, eidos, es su indefinición. El hombre será todo aquello que quiera ser, el hombre será sus pretensiones, en contraposición a las bestias, cuya naturaleza está definida y ajustada en virtud de las propias leyes del técnico.

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Por otros lodos, había quien consideraba también que el hombre no era sino plasticidad, indefinición, pero no en el sentido ni bajo los presupuestos de Pico. De este otro modo, otro limo, se soslayaba de manera efímera aquella verborrea defecal que afirmaba que el hombre se sobreponía a la bestia en su capacidad de racionalización, paranoia demencial y chiflada que se ocupó de imprimir, en aquello que Antonio Damasio llamó Homeostasis cultural, la tradición judeo-cristiana. Impresión que sigue lastrando a las nuevas generaciones y que retomaremos más adelante.

Desde esta perspectiva las tornas habían cambiado, esto es, si lo único que posee el hombre es la racionalidad en contraposición a los instintos de los animales, inevitablemente el hombre salía perdiendo. La racionalidad no es panacea, deviene en carencia en tanto en cuanto parece más ventajoso contar con un paquete de instintos, de acondicionamientos para la supervivencia como un buen pelaje, garras o colmillos, con un manual de instrucciones inherente, que amanecer indigente, en la exigüidad extrema de la racionalidad. El hombre era un ser carente y ello no era un valor en alza para la supervivencia sino más bien lo contrario. Así pues, aquel infortunado, mísero por su desvalimiento, carente de naturaleza, no le quedará más alternativa que conquistar aquello de lo que carece, deberá dominar la naturaleza para sobrevivir, por lo que deberá aferrarse como condición indispensable a su existencia a la técnica. La técnica, pues, será aquellos medios por los que el hombre pone la naturaleza a su servicio, aquellos por los cuales alcanzará su propia naturaleza, mediante el tozudo proceso de ensayo-error e indisociable asociación con la memoria. Esta era la idea de Arnold Gehlen.

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Así que el hombre, pellejo, mamado de una superioridad enajenada y barata sobre su estatus superior en la tierra, poseedor y señoreador “de los peces; en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y todo animal que se arrastre sobre la tierra” en virtud de su racionalidad, nous, no era más que un ser carente, falto. Sin embargo, la gran humillación, la más divertida burla, a saber, la dulce afrenta que supuso la revolución darwiniana, ya se había producido un siglo atrás. Darwin asestó el golpe definitivo, nos desveló de forma abrupta de aquella torpe ensoñación; mostró como el hombre no era sino el producto azaroso y ciego de la evolución, de la selección natural. El hombre provenía ¡por el amor de Dios! del reino animal; mostró que cualquier ser vivo descendía de un antepasado común.

Tras esta tosca y premiosa caída del ángel, no quedaba más que buscar refugio, guarecerse del trauma, lo cual no fue difícil en la medida en que, como bien señaló Dawkins, siempre quedan “gaps” a embutir, esto es, ha de encontrarse la manera de volver a situar al hombre en aquel estado perdido de supremacía, y un cálido y apacible cobijo fue recurrir de nuevo, Gehlen no fue demasiado convincente, a aquel que nos ofrece nuestra capacidad de racionalización, pues la luz de la racionalidad puede apagar la más insaciable sed pulsional; la razón nos eleva ante nuestro mundo circundante, surge nuevamente la inconfundible estampilla inocua de lo divino por la cual podemos desestimar el lastre de las emociones, para tomar nuestro próximo curso de acción bajo el estandarte de la libertad. Reaparecía de nuevo, solemne, aquel pensamiento, aquella soberbia diarrea. Sin embargo, e infaustamente, el hombre recibió una atroz estocada, otra humillación más a su autoestima, esta vez por parte de los herederos de Darwin, entre los que destaca el neurocientífico Antonio Damasio.

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Aquella borrachera, embriague que nos enaltecía hasta el amanecer no era más que un chisme, una ilusión, pues aquel mecanismo divino que era la racionalidad no era tal y como se consideraba, esto es, el hombre no era el ser racional que vendían en los estantes. El hombre, en cambio, está indisociablemente ligado a las emociones, pues estas son la piedra angular de la supervivencia y adaptación al medio. La única diferencia con el resto de la comunidad con la que coexistimos reside en la asombrosa evolución de nuestro cerebro, la cual jugó un papel decisivo en la medida en que posibilitó la generación de una mente auto-consciente como prodigioso mecanismo de supervivencia; los procesos cognitivos que estaban teniendo lugar eran tan sumamente complejos que para su propia coordinación fue necesaria una reforma, esto es, algún artefacto que pusiera orden y concierto a todo aquello: la auto-conciencia o conciencia autobiográfica. Este dispositivo se encargó de dar cohesión y personificación a todo lo que percibíamos del mundo circundante y de nuestro propio estado corporal bajo el lábaro, bajo el emblema de un protagonista, a saber, nosotros mismos. La conciencia autobiográfica es aquella por la cual tenemos certeza de nosotros mismos, de ser la estrella protagonista de este film que acontece a nuestro alrededor.

En definitiva, el hombre ha sido múltiplemente traumado, pues calló del cálido cieno divino hasta los lodos que le situaron como animal racional, adjetivo por el cual se declaraba señoreador del mundo en primera instancia, para acabar, esta vez sí, en última instancia, como poco menos que un pobre mono auto-consciente; un dicharachero, simpaticón e vulgar mono pensante.

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