Cuando en Islandia se podía matar vascos.

Por Diego Alonso.

Desde 1615 en Islandia, una isla de 103.000 km situada en el extremo noroeste de Europa, estaba bien visto el matar vascos, no solo eso, sino que contaban con el beneplácito de las autoridades, las cuales elaboraron una ley que permitía a los islandeses dar caza y ejecutar a aquellos vascos que osaran acercarse a sus costas. Pero, ¿a qué se debió esta medida extrema?

 La caza de la ballena.

 En aquellos tiempos, los vascos eran conocidos entre otras cosas por su potente industria pesquera. La pesca les llevó a establecer factorías por todo el Atlántico Norte, desde las Islas Svalbard, situadas en el océano Glacial Ártico hasta Terranova. Su objetivo, la pesca de la ballena, un animal cuya grasa transformaban en aceite y vendían por toda Europa obteniendo importantes beneficios.

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En su búsqueda de este gran animal que podía hacer muy rico a aquel que lo pescara, los marineros vascos arribaron a las costas de la isla de hielo, donde establecieron sus bases. Al principio la convivencia con los locales fue buena: pagaban tasas por el derecho a cazar ballenas en sus aguas, por el derecho a desembarcar en tierra firme para descuartizarlas y fundirla grasa, etc. Por otro lado, se estableció un fructífero comercio entre vascos e islandeses con un continuo intercambio de bienes y mercancías. E incluso se llegó a crear un rudimentario dialecto vasco-islandés mediante el cual se podían entender las dos comunidades.

 Matanza de los españoles.

Pero en 1615 las cosas se complicaron. Islandia, uno de los países más pobres de Europa, sufrió una serie de inviernos terribles. El frio que azota inmisericorde esta isla del Atlántico Norte año tras año provocó que las pocas cosechas que arraigaban en ese páramo helado se congelaran y que los animales que daban sustento a los pobladores murieran de frío.  Por si esto no fuera suficiente, los islandeses sufrieron numerosos ataques de piratas que les despojaron de los pocos bienes que habían podido salvar.

Con esta situación, es lógico pensar que no estuvieran muy predispuestos a recibir de buena gana a nadie, así que cuando un día vieron en el horizonte las velas de tres buques balleneros vascos, lo último que se les pasó por la cabeza es hacer gala de la hospitalidad islandesa.

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Además, por si las cosas no estuvieran ya lo suficientemente difíciles para los balleneros, el rey danés Cristian IV, viendo como estos se enriquecían a costa de vaciar sus caladeros (Islandia formó parte de Dinamarca hasta 1944) promulgó una ley por la cual permitía a sus súbditos “atacar a los vascos, tomar sus barcos, saquear sus posesiones y, si hacía falta, matarlos”.

Pero volvamos a los tres balleneros guipuzcoanos que acababan de llegar. Sus capitanes decidieron que el mejor lugar para instalarse era un fiordo situado en el oeste de la isla. Durante su estancia se produjeron una serie de altercados entre balleneros e isleños, pero a pesar de todo, la campaña fue bien y las relaciones con los islandeses fueron, en general, buenas como siempre, con intercambio de bienes, regalos, etc.

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A finales de septiembre, los barcos estaban cargados y listos para regresar y la campaña se daba por finalizada. Pero la noche que zarparon se sumió sobre ellos una terrible tormenta que terminó por arrojar los navíos contra las rocas. Los 83 supervivientes al naufragio llegaron a la playa como pudieron y tras recobrarse decidieron acercarse a las aldeas costeras cercanas buscando refugio y comida. Pero como se ha mencionado antes, Islandia sufría una hambruna terrible, por lo que la comida era un bien que escaseaba y del que los pobladores no se podían desprender. Aun así, los vascos trataron de comprar algunas ovejas, aunque sin mucho éxito ya que los islandeses no se podían desprender de algo tan preciado. La desesperación hizo que los balleneros sobrevivieran al invierno atacando varias aldeas y robándoles el ganado, cosa que no gustó nada al jefe de la región de los Fiordos Occidentales, Ari Magnússon, quien esgrimiendo la carta del rey danés, la cual daba permiso para perseguir y matar vascos, dio la orden de cazarlos y ejecutarlos.

Y así fue, aunque se sabe que algunos de ellos consiguieron huir de la isla, 32 desdichados balleneros fueron perseguidos por toda la isla, cazados, asesinados y sus cadáveres “mutilados, deshonrados y hundidos en el mar, como si fueran paganos de la peor especie y no pobre e inocentes cristianos” como escribió el cronista Jón Guðmundsson. Esto es lo que se conoció como la “Matanza de los españoles” o Spánverjavígin y es la única masacre documentada en Islandia.

Tras los hechos al jefe de la zona se le olvidó revocar la ley, al igual que a sus sucesores. Por lo que en 2015 las autoridades islandesas se dieron cuenta de que la ley seguía en vigor. Finalmente, el 22 de abril de ese año, el comisionado actual, Jónas Guðmundsson, decidió derogar la histórica norma homicida. Los vascos, por fin, podían viajar tranquilamente por la isla sin temor a que una turba sedienta de sangre euskaldun quisiera darles caza.

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